Las gardenias de mi abuela: Boleros

Cuando estaba pequeño mis papás me compraron mi primera guitara acústica. Cuando tengo la oportunidad de volver a tocarla me trae muchos recuerdos todos despertados por el singular olor de la madera de la guitarra. Cuando regresábamos al pueblo de mis abuelos, siempre traía la guitarra conmigo y a pesar de mis limitaciones para tocar, lograba complacer a mi abuela con la más básica interpretación de algún bolero de los que a ella tanto le gustan. “Algo de los panchos o la de las gardenias” me decía. 

A pesar de lo sencillo del arreglo que lograba tocar con la ayuda de google y algún par de videos tutoriales, desde entonces noté que esta música era especial, al tocarla y cantarla se te llena el corazón de emoción. Es inevitable sentirse entusiasmado y feliz.

Me gusta pensar que cuando que cuando nace un nuevo género musical, como si fuera un árbol, se nutre de lo que hay en la tierra, así, recoge la música original de una región los detalles de la cultura, de los paisajes y de los sentimientos de las personas. Los boleros son de origen cubano pero populares en toda Hispanoamérica y desde sus primeras apariciones en los años 1840 han contado historias de amor  y desamor apasionadamente. El bolero en todas sus variantes y subgéneros tiene una constante, la música parece hacer una danza cuidadosamente coreografiada con los versos que se han escrito para desencadenar un sentimiento crudo y sin medias tintas.

Cuando se escuchan los bongós, la clave y las armonías del conjunto cantando inmediatamente sumerge al escucha en una atmósfera sumamente pintoresca, muy liviana y para algunos, hasta bailable. Para contarnos esta historia de amor siempre habrá una voz que se alza sobre el acompañamiento y sostendrá una conversación entre lo vocal y una guitarra que toca melodías arrebatadas y cargadas de sentimientos. Este es el ensamblé más clásico y que dio vida a tantos canciones que sobreviven a sus autores originales en las memorias de quienes sienten un cariño sincero por el género.

Como los detalles físicos de las personas, sus tradiciones y su  herencia cultural va mutando con cada generación. No hay que dejar de escuchar la música que traemos en la sangre, todas esas canciones que juntaron a nuestros padres y a sus padres con serenatas y dedicatorias.

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